La cocina en la prehistoria (Parte I)

La cocina en la prehistoria Durante el periodo comprendido entre los albores de la civilización y el año 5000 a.C., no existen demasiados acontecimientos de interés culinario.  Pero cabe recordar que las primeras revoluciones son siempre las más difíciles y sobre todo, las más trascendentales. Estos avances marcan el devenir de una cultura tan rica […]

La cocina en la prehistoria

Durante el periodo comprendido entre los albores de la civilización y el año 5000 a.C., no existen demasiados acontecimientos de interés culinario.  Pero cabe recordar que las primeras revoluciones son siempre las más difíciles y sobre todo, las más trascendentales. Estos avances marcan el devenir de una cultura tan rica como la gastronomía. Y por ello el descubrimiento y dominio del fuego marcaría las bases del comienzo.

Las primeras evoluciones de los homínidos estaban orientadas a la búsqueda de alimento para poder subsistir, favoreciendo la posición erguida. Ya que los instrumentos de caza modificaron la forma de desplazarse.

El uso de herramientas y la posibilidad de comunicarse entre sujetos del mismo grupo hizo que apareciera un homínido cazador-recolector, que caminaba detrás de los grandes rebaños en busca de alimento.

El hombre prehistórico se agrupaba en pequeños grupos nómadas, que sólo permanecían en los lugares mientras éstos les proporcionaran comida.

Inicios de la alimentación

Los primeros alimentos base de la nutrición humana fueron frutos y plantas, consumiéndose de estas últimas, raíces, tallos y hojas. Progresivamente comenzó la caza de pequeños animales, alimañas, aves atrapadas entre la espesura de los bosques o pequeños peces, conseguidos con artes de pesca muy diferentes a los actuales.

Poco a poco, el hombre se preocupó de fabricar herramientas para cazar grandes piezas. Empieza creando trampas donde acorralar a los animales para ir sacrificándolos a medida de sus necesidades. Esto explica el por qué debían permanecer en pequeños grupos. El transcurso del tiempo y la experiencia consiguió que el cazador perfeccionara sus armas de caza, afilando puntas y hachas mayores.

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